ADIÓS, MUÑECA

—Raymond Chandler— 

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Ilustración Hieloh

La boca me apesta a brandy, escupo una brizna de tabaco enredada en mis labios. Fumo mi pipa y embuto de balas a mi vieja compañera.

Sé que me están esperando, no sé a qué hora me metí en este lio. Jamás debí abrirle la puerta de mi auto a aquella mujer de cabello castaño. Su rostro era hermoso, perfecto, pero estaba mal dibujado por un espantoso maquillaje. Las curvas de su cuerpo tenían la proporción exacta en cada parte, delineadas por un vestido de satín que se amoldaba a su figura y que apenas cubría lo necesario. El aroma de su piel era húmedo y nauseabundo, por culpa de la lluvia y el perfume barato. Aun así caí en la trampa de su sonrisa y la ayudé. La ayudé a irse, a huir. Los que han hecho esa emotiva recepción para mí en la puerta del edificio, la buscan, y  debo evitar que me hagan hablar.

Acabo la botella de un solo trago y maldigo a la chica. Si hubiera sabido en qué me metía no me hubiera conformado con el apasionado beso que me regaló, creo que me merecía por lo menos haberle tocado el culo. Esta historia no tendrá un buen final. Así, como un viejo samurái tomo mi revólver, en la otra mano mi escopeta y bajo por el ascensor.

Ojalá que lo que estoy dispuesto a hacer inspire un haikú, porque mi vida ya no vale un peso, no valía un centavo desde que ella me metió en su vida.

Como un ronin japonés, corro a la puerta y mis armas empiezan a gritar por mí. Adiós, muñeca. Una marejada de metal quema mi ropa, penetra mi carne… 

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