EL ÚLTIMO HUMANO

…a Madeline.

 

Escupo, esta cosa sabe mal, era la única bebida que teníamos desde que extinguimos a los humanos. Era un modo de decirlo, ellos son escasos en el mundo actual. Se encontraban escondidos de nosotros, los no muertos, los vampiros.

 Eran pocos, nosotros muchos. Desde que salimos entre las sombras nuestras masacres se hicieron vastas, diezmábamos una ciudad en poco tiempo. Debió existir un control, fue desmedida la forma en que los aniquilamos, con rapidez se convirtieron en caminantes de la noche. Ahora podemos caminar en el día, hemos creado una bebida que calma nuestra sed. Vivimos matándonos  los unos a los otros, por el poder, por el territorio, por alguna presa mal escondida.

Si una vez hubo un Apocalipsis, fuimos sus creadores, destruimos el planeta, solo nos queda esperar hasta que caiga el último de nosotros.

Mi nombre ya no importa, viajo solo, detesto la compañía, mis congéneres me fastidian. Camino sin rumbo, sin destino como un ronin. Sobre mi espalda cargo una espada, una vieja katana, con la cual me defiendo de la locura, la falta de alimento nos ha hecho más violentos que los seres humanos. 

Llego a una taberna en medio del desierto, un lugar en donde se refugia la escoria del camino. Se habían formado pequeños clanes, capitaneados por vampiros brutales y sanguinarios. Por lo general es un nosferatu viejo, su antigüedad le da el poder y la fuerza para dominar a otros.

Yo tenía doscientos cincuenta años, fui convertido por un vampiro español en la guerra de independencia. Conocí la historia del país, vi cómo se desangraba en una absurda guerra civil. Pensándolo bien los colombianos no necesitaban de nosotros, al dejarlos solos un poco más, hubieran acabado con ellos mismos.

Entro al lugar, la visión que se abre ante mis ojos parece una escena de una vieja película de Tarantino. Vampiresas con pocas ropas, vampiros vestidos de cuero, usando pantalones raídos y desgastados, sus prendas impregnadas de polvo y sangre. Me acerco a la barra y pido una botella de globulina. Sentía que me estaban observando, sabía que no debía a ver entrado, pero necesitaba calmar la sed. Doy media vuelta, me recuesto contra la barra y los desafío con la mirada, ese fue mi primer error.

—No nos gustan los vagabundos —dijo un vampiro, bajo, gordo y una cicatriz le cruzaba el cuello. Bebo un sorbo de la bebida (en serio, esta cosa sabe mal), no le pongo atención, me fijo en una morena hermosa, me hubiera gustado ser el vampiro que la mordió.

—Los tipos como tú traen mala suerte —me tomó por la camiseta y me inclinó hacia él, me hizo oler su aliento putrefacto. Ese fue su error.

—Solo vine a beber y luego me iré —con el brazo derecho lo separo de mi ropa, la mano izquierda  aprieta la espada.

—Basta, mátalo —dijo una voz dura, sepulcral, era el antiguo— nadie llorará al bastardo.

Busco al que había hablado y lo hallo en el segundo piso, en una especie de balcón, en donde dominaba el lugar, este tipo debía tener más de mil años.

—No he hecho nada, terminaré mi globulina y me marcharé —bebo todo de un solo trago, para demostrar que hablaba en serio.

—No me importa, puedes atraer más como tú a mi morada y eso no me gustaría—. Varios de ellos rieron mientras se acercaban.

Emulando a Musashi, entre mandobles y dentelladas, me abro paso, dejo un camino de vampiros decapitados o con las gargantas desgarradas.

Miro al antiguo y exclamo —espero que me dejen en paz—. Jamás volvería a estar tranquilo hasta que ellos me mataran. Salgo del lugar, corro, robo una de sus motocicletas y tomo la carretera. Me dirijo hacia a Bogotá. A la destruida Bogotá. A la infernal Bogotá. 

Arribo a la ciudad, por la autopista norte, la noche empezaba asesinar el día, diría que me recibió una llovizna como en los viejos tiempos pero eso es imposible. En cambio lo que me recibe fue un calor asfixiante, un olor  nauseabundo que me ahogaba, el ambiente era agobiante. Puedo ver cadáveres en el piso, devorados por las ratas que pululaban en las calles, los autos en medio de las vías, los almacenes saqueados, los edificios consumidos por el fuego. Ésta era Bogotá, una ciudad en ruinas, una ciudad muerta. Ahora que observo el macabro y desolador paisaje, entendía porque habíamos emigrado a las carreteras y abandonado las ciudades.

Desde que se inició nuestro reinado en la tierra, hemos causado grandes cambios en el planeta, su temperatura, su aridez, el hecho de que camináramos en el día, son muchas cosas las que tengo para contarles, sobre mí, sobre mi raza, sobre el fin del mundo. Aunque ahora cobijado por el manto de la noche prefiero escribir la historia de cómo la conocí, la que duerme a mi lado, una pequeña humana que cambio mi vida. 

 Llego a lo que una vez fue el centro internacional. Miro el famoso puente de la veintiséis derrumbado, atravesado por un bus rojo, que en el pasado fue una esperanza y un dolor de cabeza para la ciudad. Me voy a esconder aquí, espero que mis seguidores no me encuentren, sé que los cretinos del bar vienen tras de mí, deseo desistan al ver la ciudad dormida, la noche puede guardar muchos horrores.

Fijó la vista en el viejo hotel, por alguna razón era una de las pocas construcciones que se mantenía en pie y estaba clausurada. Comienzo a escucharlos, uno a uno, los latidos de varios corazones. Había humanos en el hotel. La cena está servida. El ansia invadió mi ser, el olor a sangre tibia me desespera, la calidez de aquellas criaturas que llamaban embriagarme con ellas. Preso por el deseo de probar sangre humana, me bajo de la moto y la dejo tirada en el piso, ese fue mi segundo error.

Trepo por las paredes e ingreso por una ventana abierta. Los latidos palpitaban dentro de mis oídos, como un ciego guiado por el olor dulzón, entro a una de las habitaciones, se encuentra una mujer de unos treinta años, delgada, morena, sentada en la mesa. La saliva llenó mi boca y un hilillo escapó entre los labios, mis manos temblaban, cada célula clamaba por beber de ella. Me arrimo en silencio, mis colmillos crecen, veo su vena latir en su cuello blanco; cuando iba a hincar mis dientes en tan suculento bocado, los encontré, esos ojos negros. Esos ojos negros que me perdieron. Ese fue mi tercer error, mi suerte estaba echada.

Era una niña de trece años, su cabello tenía el mismo color de sus ojos, era alta, sus mejillas tenía un suave rubor que la hacían más apetecible que su madre, lo supuse ya que ambas se parecían. La mujer al verme gritó y en cuestión de segundos estaba rodeado por una treintena de humanos, podía sentir su miedo y no era para menos, con mi espada  y colmillos los despedazaría, y conseguiría sumergirme en una orgía de sangre, lograría beber, beber, hasta perder el sentido, hasta entrar a algo parecido a un coma etílico.

Percibo sus corazones acelerados por el miedo, lo cual me excita, leo sus mentes, hay temor por mí y la incertidumbre por sus vidas se mezcla en sin fin de sentimientos que me hacen permanecer inmóvil. La única que permanece tranquila era la chiquilla, que seguía a mi lado, me tomó de la mano y me rogó que no les hiciera daño.

La tibieza de la niña me relajo y mis deseos de hacerlos pedazos fueron menguando. Entonces escucho y lo que oí no me gusto, mis perseguidores habían llegado y por lo visto había encontrado la moto que  había dejado olvidada.

Respiro hondo y observo por la ventana, eran unos cuarenta vampiros, maldigo al creador, me habían hallado y de paso se ganaron una bonificación, porque si yo los había percibido, ustedes ya lo suponen.

—Malditos, podrían detener sus corazones, ellos pueden oír sus latidos —desenvaino mi espada, arrojo la funda contra la pared y enceguecido por la ira me lanzo por la ventana contra mis enemigos.

Esta vez no peleo como un samurái, peleo como un bárbaro, con violencia, con furia, con desesperación, peleaba por mi vida, por las treinta personas que me observaban desde arriba. Decapité, destajé, destrocé, desgarré, con espada, colmillos y las uñas. Cuando el cansancio y la debilidad empezaban abatirme, venzo al último de mis oponentes. Mis brazos tenían varias heridas, eran diversas dentelladas que había recibido, hasta un corte en el rostro. Me dejo caer contra un poste y doy un fuerte grito de agonía, mirando la masacre que había hecho. Una de las puertas se abrió, los humanos salieron como animalitos asustados y de nuevo me rodearon.

—Toma, es para ti —la chiquilla me ofreció un vaso con un líquido rojo y vi que su mano estaba vendada.

— ¿Qué has hecho?

—Tenía que agradecerte que nos hayas salvado. Esto ayudara a sanar más rápido tus heridas. —No digo nada, pero bebo, su sangre es deliciosa.

—No te cansas de meterte en mi camino, cómo te llamas diablillo.

—Dayana, además creo que eres uno de los buenos.

—No te equivoques, pude ser que no los quiera compartir con nadie —ella sonrió.

—Vampiro… —dijo un hombre de avanzada edad.

Gruño con agresividad.

—… queremos hacer un trato con usted. Si queda con nosotros y nos protege, todos ayudaremos para que calmar su sed.

—Acepto, no es un mal negocio —ni si quiera lo pienso, tenía clavada la mirada de Dayana— además por el momento no tengo nada mejor que hacer. 

Estoy sentado en uno de los balcones del hotel vigilando. Sé que muy pronto nos tendremos que marchar de aquí, el lugar dejo de ser seguro. Qué harán treinta humanos y un vampiro contra miles de depredadores. No sé porque me interesan estas malditas criaturas, tal vez sea el influjo que ejerce esta mocosa sobre mí. Ahora mi deber es que continúen con vida. Por el momento estamos bien en el hotel.

Mi espada está junto a mí y Dayana con su brazo alrededor de mi cuello, descansa sobre mi pecho. Dicen que todo vampiro tiene un alma gemela para que lo acompañe, de pronto esta niña es la mía. Una lágrima de sangre corre por mi mejilla y sonrió.

—Demonios, aún no lo he olvidado, aún me importan mis semejantes. 

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Comentarios

Este ha sido de mis favoritos, muy, muy bacano!!!!!

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