LA CARTA

La boca me sabe a cenicero. Me duele la cabeza como si una pandilla de enanos hubieran bailado en ella. Me fijo en la mancha amarilla de mi ropa interior, eso significa que me acosté con alguna golfa, espero que el sexo haya sido bueno, porque no lo recuerdo. Mientras los pensamientos se ponen en orden, me doy cuenta que solo visto unos boxer. Me siento horrible, no sé cómo llegue al apartamento. Hay unos calzones sobre la mesa, junto al cenicero que esta atiborrado de colillas, también hay una botella de aguardiente a la mitad. Tomo la prenda interior que alguien dejó olvidada o tal vez la robé como suelo hacer la mayoría de las veces. La huelo, todavía posee su olor, aunque en mi cabeza aún no tiene un rostro. Tengo una erección y me masturbo de forma mecánica y sin inspiración. La vida es una mierda. Limpio el producto de la eyaculación en la ropa interior. Busco entre las colillas y encuentro una a la mitad, la enciendo y fumo con lentitud, mientras pienso por qué mi vida ha llegado a este punto.

Voy al baño y mientras orino, pienso en ella, la que inicio el fin, la que acabó con todo. O tal vez ella tiene razón y siempre debo encontrar a alguien a quien echarle la culpa de mi incapacidad para vivir. De amar. De ser feliz. Pero cuando lo único que tienes en tu vida son tus demonios, tus obsesiones, tus tristezas, tú soledad es difícil ser alguien de bien, como me lo pidió mi viejo cuando me fui de casa. A mi madre ni le importo que me marchara, ni siquiera me dio un beso despedida. De ese modo llegué a la ciudad, con un libro de poemas de Pombo y una edición desgastada de la Vorágine, una muda de ropa, una pesada máquina de escribir y los sueños locos de ser escritor. Por tres años me alimente de la literatura, los cigarrillos fueron la única compañía que tuve, mientras mi obra se acumulaba en un rincón del cuarto en el que vivo, el lugar donde he reído, soñado, llorado, follado, hasta maldecir a dios por haberme otorgado un don tan fútil como mi propia existencia. Todo era perfecto, mis escritos estaban cargados de esa oscuridad que tanto disfrutaba, eran el reflejo de una vida cargada de alcohol y mujeres baratas y feas. Siempre debe existir un pero y ese pero tenía nombre propio Martha, la mesera que siempre me servía un café frio y amargo, en aquella cafetería detrás de la biblioteca donde pasaba las horas inactivas leyendo a Chandler y a Bukowski.

Me rasco la entrepierna. Entro a la habitación, puedo ver un bulto moviéndose entre las cobijas, así que tratando de no hacer bulla, tomo mi ropa y mis cosas. Me visto rápido y en silencio. Bebo un trago grande de aguardiente, enciendo un cigarrillo y salgo antes de que la persona que está durmiendo me detenga. Antes de cruzar la puerta del edificio suena el teléfono, se quién es antes de contestar. Es ella para preguntarme ¿Qué si estoy bien? ¿Qué si desayune? ¿Qué si necesito algo?, le miento, y  cuando creo que me he liberado de ella, me hace una pregunta que me taladra como el dolor de cabeza que juega con mi neuronas, otro día que no voy a escribir ni mierda. ¿De nuevo tomaste anoche cierto? le contesto que no. “No mientas me llamaste a las dos de la mañana, para decirme que me extrañabas, que me querías”. Mierda, cuando será el día que la dejare ir, que podré seguir adelante sin su recuerdo. Pero ni las putas ni ella ayudan mucho. Martha con sus constantes llamadas, con su preocupación por mi bienestar, eran como una piedra en el zapato. Será que nos habíamos apresurado a dejarnos. Pero cuando estábamos juntos pensábamos que nos habíamos apresurado a  hacerlo. Que joda es el amor. Hace cinco meses que ella se fue, que me dijo que era un idiota, que no podía vivir con un tipo como yo, que no quería lastimarme. Ella se marchó después de que insulté la memoria de su padre y le dije que yo era un perdedor, que no iba a hacer nada para cambiar eso. “No lo eres, tienes un gran talento, pero no lo quieres usar”. No me dio tiempo a pensarlo, a pedirle una disculpa, a cogerle una nalga y hacerle el amor ahí mismo, ella era un volcán en la cama cuando estaba enojada. Escupí al suelo y empecé a encender un cigarrillo, mientras ella azotaba la puerta detrás de sí. No sé qué me pasaba, esa carta que esperaba y no llegaba, me estaba comiendo por dentro. Creo que le eche la culpa de mi fracaso, había mandado el manuscrito a una editorial por consejo de ella, el único texto que tenía completo. Había pasado medio año y pensaba que era tan malo, que ni siquiera se habían tomado la molestia de escribir esas palabras inútiles que ya me conocía de memoria, muchos de mis cuentos ya habían pasado por ese proceso, solo había logrado publicar algunos en unas revistas, que la gente no compraba precisamente por sus artículos. “Gracias por tenernos en cuenta para mostrarnos su trabajo, pero en este momento la editorial busca otro tipo de proyectos, así que en el momento no podemos ayudarlo. Adelante y que continúe escribiendo”.  Yo volqué toda mi frustración en ella.

Martha comenzó a sonreírme cuando le regalé unos versos, eran una mala copia de un poema de Benedetti. Me encantaba su forma de contonear sus nalgas y me dije que sería bueno meter la mano dentro de su pantalón. Nuestra primera cita fue una invitación a la cinemateca distrital, fuimos a ver una película francesa que ni siquiera yo entendí. Después le invité a tomarse un cappuccino y le robé un beso que ella no correspondió. De algún modo terminamos haciendo el amor en un motel sucio del centro. La dejé en su casa y yo me encerré en mi apartamento. Me senté frente a la máquina y escribí por más de quince días, había escrito la novela que tenía clavada en la cabeza, de una forma bruta, desbocada, sin aliento, como temiendo que las palabras se fueran agotar. El olor de su piel a jabón barato y su sexo depilado se habían metido en mi cabeza, que si eso es lo que llaman inspiración, fue todo un descubrimiento. Cuando releí lo escrito, pensé que era malo y lo arrojé en un rincón junto a los libros de Mendoza. Me bañé,  me disponía a salir, cuando ella llamó, para preguntarme porque no había vuelto a la cafetería, que si ella había hecho algo malo, sino quería volverla a ver. Le dije que ero lo contrario, que estaba escribiendo y que cuando lo hacía me olvida del mundo. Ella trajo sus propios demonios, sus obsesiones y un gato negro. Colgó sus tangas de colores en el baño y sus cosas de aseo se mezclaron con las mías. Sus libros de historia se fueron intercalando con los míos. Vivimos dos buenos años, hasta que se dio cuenta que la palabra escritor era demasiado para mí. Ella había encontrado el manuscrito cuando intentaba dar orden al caos de la biblioteca. Con sus besos, con sus palabras y con sus caricias, me convenció para que lo enviara. Ese fue el final de todo. Usando una frase de cajón, todo lo bueno tiene que acabar.

Después de despejar mi cabeza, y de averiguar que si la mujer que estaba en el apartamento se había marchado. “Esta vez se lució, era una morena con un culo de antología”, me dijo Carlos, el celador del edificio. Entré a un café Internet, antes de revisar el correo, llamé a Martha, le pedí disculpas, logré convencerla de que nos viéramos en la noche. Dejé escapar una sonrisa, sabía que tendríamos sexo hasta el amanecer, hasta que ella me viera con sus ojos castaños y esa sonrisa que me subyugaba, y me pidiera que me marchara porque tenía que irse a trabajar, jamás me quedaba más de dos días en su cama. Abrí el primer email y ahí estaba lo que esperaba, era un buen día así que lo leí de todos modos. “Santiago hemos leído tu texto y nos ha gustado. Nos gustaría hablar contigo”. Apenas si pude contar las monedas para pagar y salir a la calle, para caminar apresuradamente como sin me siguieran. Con el corazón a punto de explotar. Compré un paquete de Pielroja,  me escondí en el apartamento. Me dejé caer en el sofá y me quedé fumando, sintiendo miedo. Pensando si todo era una broma, un maldito sueño. La palabra escritor empezaba a pesar en mis hombros. Empecé a comprender que ella siempre tendría la razón. 

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