LEOPOLDO

Gotas de sangre golpearon mi rostro cuando le destrocé la cabeza con el bate. Eran ellos o yo. Disparé las dos últimas balas contra otra criatura que parecía una mujer que se acercaba con lentitud. Dejé escapar una bocanada de aire, estaba cansado, agotado, muy pronto no tendría fuerzas para continuar está loca carrera que empezó cuando tuve que eliminar a mi familia. Uno a uno los saqué de su pesadilla con mi cuchillo. Ellos creyeron que estaba loco, que el fin del mundo jamás ocurriría, que era otro de mis inventos. Que mi cabeza al fin se había roto y yo me había vuelto loco. Pero esta nueva realidad demostraba lo contrario. Todo cambio cuando exterminé a la primera de esas criaturas que ahora nos acechan. Aquel monstruo se había burlado de mi manuscrito, diciendo que ni siquiera servía de papel reciclado, porque yo lo había impreso en las dos caras. Vi que de su boca botaba una babaza negra parecida a la sangre mientras reía, sus dientes estaban podridos y a punto de caer. Sus ojos fijos en mi estaban vacíos, como una última broma para el escritorzucho, así que le aplasté la cabeza con una edición de lujo del Quijote. Salí corriendo, las personas parecían distintas, caminaban de forma extraña, sus voces eran guturales y parecían el chillar de algún animal. Esto me evocó una película de George Romero. No me importo, pasé a través de ellos, llorando, con mi manuscrito entre los brazos. Llegué a la casa, buscando el calor de la familia, buscando su consuelo, pero lo que vi me sacó de la ensoñación. Mi mujer caminaba arrastrando los pies, del cuello brotaba un chorro de sangre de la mordida que había destrozado su garganta. Al fin había ocurrido, y por Dios, yo había llegado tarde para protegerlos. Tomé un cuchillo que guardaba en una gaveta, con furia ciega lo clavé en su ojo, ella cayó sin fuerza al suelo, aunque no se movía, clavé varias veces el cuchillo para asegurarme que no se levantaría. Mientras trataba de limpiar la sangre que me cubría, miré a mis dos hijos que bajaban por la escalera, esto no era cierto, lloré, ¿por qué ellos? El arma pesó demasiado en mi mano, aun así logré levantarla y liberar a mis hijos de su infierno. Coloqué los cuerpos junto a su madre. Me arrodillé y oré. Subí al altillo, encontré la caja que había preparado hace muchos años, me habían dicho que era una estupidez, pero los objetos que en ella estaban serían la diferencia entre la vida y la muerte. Contenía un bate de madera, tres pistolas, dos cuchillos estilo Rambo, un chaleco y el machete de mi padre. Me preparé, estaba listo para la guerra. Aquellas criaturas pagarían por lo sucedido con mi familia.

La primera bala le quemó la sien derecha. Uno de los policías diría que era sorpréndente que después de veinte disparos el hombre aún se mantuviera en pie y con fuerza para atacarlos, su compañero había perdido la mitad de la mano cuando este le lanzó un mandoble con el machete. Aun así ellos no habían tenido compasión del hombre, había asesinado a veintitrés personas, incluyendo a su editor y a su familia. Así que lo acribillaron con todo lo que tenían, de ese modo Leopoldo García se desplomó a la mitad de la avenida, creyendo que había rotó el record de Rick Grimes.

 

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