Sin titulo

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Ilustración Hieloh

Lavó su pene con precisión milimétrica, pudo sentir que se endurecía un poco al pensar en el culito que rompería ese día. Estregó dos y tres veces la piel como su madre le había enseñado. Se vistió con lentitud, en orden, evitando que la ropa inmaculada se arrugara. Mientras hacía el nudo de la corbata recordó los ojos de aquella niña que había estrangulado. Revisó el filo de su cuchillo, estaba perfecto, con él cortaría la piel o hasta rompería algún hueso de su presa. La práctica hace al maestro, y él lo sabía, cortaría tantas veces y en tantos lugares que la víctima jamás perdería el conocimiento. Arrojó dentro del viejo maletín la soga que había tenido que comprar, la última se había manchado de sangre y mierda de la niña que gritaba el nombre de su abuela mientras él la violaba. Se puso la chaqueta  y sacudió tres pelos de su gata. Era la hora. Se peinó, haciendo que el cabello ocultara su calvicie que ya no era incipiente. Era el momento de ir a cumplir la cita, aquel niño de doce años seria el número veintidós, otro montón de huesos y carne, que iría a parar en un potrero del sur de la ciudad. Salió de la casa y dejó escapar un silbido. Hoy sería otro día en que sus obsesiones serian liberadas.

No había caminado más de dos cuadras, cuando un joven de tez morena, alto y encorvado se le acercó. Dio un paso atrás, el olor que despedía el joven era atroz, hace mucho tiempo que este se había olvidado que era el agua.

—A ver parce páseme el reloj y el celular ­—dijo el joven amenazándolo con un cuchillo más grande que el suyo.

—Yo no tengo teléfono —contesto tratando de alejarse, el mal olor lo hacía sentir mal.

—Este viejo malparido, a ver pase lo que tiene.

—Qué no tengo nada —empezaba a sentirse enojado, sacó la mano de su bolsillo y le tiró dos billetes de diez mil.

El ladrón ni siquiera los miró —Esta gonorrea, no se haga el marica. A ver que más tiene, no haga que lo chuce.

La ira empezó a nublar su pensamiento, el asco por la suciedad del joven lo mareaba. Quiso lanzarle una patada al moreno, que no se dio cuenta cuando este le clavó dos veces el cuchillo en el abdomen. El joven recogió los dos billetes y salió corriendo.  Al ver que la mancha de sangre crecía, empapando su camisa blanca, vomitó, no soportaba la suciedad. Cayó sobre el vómito y escupió una gran cantidad de sangre que le dificultaba respirar. Mientras moría, veintiún madres se preguntaban qué había sucedido con sus hijos.


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Comentarios

Pensar qué sin saberlo salvo muchas vidas, ese maleante en un acto de violencia, doy fin a un animal...

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