Sin titulo

Ella introdujo la lengua en su boca hedionda. Él la acarició con la mano a la cual le faltaba un dedo. Limpió unos coágulos de sangre para después chuparle la punta de sus senos caídos. Se tocaban con lentitud, con torpeza, dibujando el cuerpo del otro. Uno de sus dedos penetró una vagina sucia y reseca.  Ambos lamian el polvo y la sangre que impregnaban sus cuerpos.  El olor a podredumbre que los rodeaba parecía excitarlos aún más. Ella tomó el pene flácido y empezó acariciarlo, cuando se disponía a hacerle una felación, este cayó, el hombre no grito, no dijo nada, parecía absorto en apretarle las nalgas. Sus cabezas rodaron cuando el hacha del asesino las cortó. El asesino encendió un cigarrillo y dijo: —Dos caminantes menos.

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