SUSPIROS DE VIDA

— ¡Duerma! ¡Que yo manejo! Dijo ella aspirando el pegante de la botella— ¡Duerma! ¡Que yo lo cuido, mi perro!

Él dejó escapar un eructo y se cubrió con una sucia cobija.

 —Sabe, parce, yo a usted lo quiero. Empezó a bailar una extraña danza creada por ella. Su boca dibujó una sonrisa dejando ver los dos dientes faltantes de su destrozada dentadura. Se sentía alegre, eufórica, por el bóxer, por el sol que calentaba sus congelados huesos, porque estaba con su parce, su amigo, su ñero, su compañero de andén. Con el que compartía esa sucia cobija que los cubría en las heladas noches de Bogotá. Rió de su imagen reflejada en el vidrio, era esa mujer con el pelo enredado y sucio, con los ojos enmarcados por unas amarillas lagañas y sus manos grasientas con las cuales acariciaba el rostro de su hombre. Con los labios todavía con rastros del arroz que les habían regalado en el restaurante de la esquina lo besó. 

El tipo aceleró la camioneta negra que avanzó amenazante cual ballena orca. El vidrio de la ventana se deslizó hacia abajo, salió una mano empuñando un arma, las balas que expulsó rompieron el silencio de la mañana, acabando con su adicción al bóxer, eliminando el frío de sus cuerpos, segando sus vidas, dando fin a su historia de amor.

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