UN DOMINGO DE FINAL

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Ilustración Hieloh


Faltaban cinco minutos para que el partido terminara. El juego estaba empatado. Era la final del campeonato. El ánimo se encontraba excitado, el público estaba eufórico, gritaban a los jugadores tratando de dirigir las jugadas. Todos en las gradas querían marcar ese gol que les diera la victoria. El árbitro se decía, que no cometan ningún error, por favor Dios, no quería que alguien le acordara a su madre.

El capitán del equipo de camiseta blanca cojeaba, aun así quería terminar el partido y más si metía el gol final para convertirse en el héroe del parche.

El arquero del equipo de camiseta azul, pensaba que después del juego se tomaría unas cervezas y tendría sexo con su mujer.

La vecina del al lado, rogaba que su esposo no perdiera, para que no desahogara la frustración en ella.

Los amigos de Ferney le pedían el balón. Él quería, debía ser el que hiciera el gol de la victoria, cuando fue barrido por un atacante y su rostro fue a estrellarse contra el pavimento.

—No, esto no —pensó el árbitro, luego gritó— ¡Penalti!

Andrés, el arquero del equipo, se dijo: esta mierda ya se terminó, ya ganamos. Felipe, el dueño de la tienda, ya alistaba los petacos de cerveza que vendería después del juego.

Ferney cobraría el penalti. Unos gritaban a su favor, otros en contra, todos tenían la vista fija en el balón.

Don Arturo también gritaba. El árbitro pitó. Ferney pateó el balón. La pelota paso sobre el arco. El arquero dejó escapar un suspiro de alivio, alguno recordó la madre de Ferney. El equipo contrario rió de alegría, aún existía la esperanza. El balazo calló a todos. La bala se alojó en la espalda de Don Arturo. Su columna vertebral se rompió en pedazos. Don Arturo quedaría postrado en una silla ruedas el resto de su vida. 

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